Conforme envejecemos, tendemos a vernos a nosotros mismos y a los demás de un modo muy diferente a cuando éramos más jóvenes. Es de esperar que hayamos aprendido algunas cosas, adquirido sabiduría, forjado amistades, y hecho contribuciones a este mundo. A veces llegamos a prestar atención a cosas que antes no nos interesaban.

Por ejemplo, un hombre de más de 60 años, lee todos los días los anuncios necrológicos en el periódico, no solo para ver si falleció algún conocido, sino para aprender más en cuanto a la vida, de personas cuyo trayecto por ella ahora culmina.

 

Los obituarios, así como los funerales, nos recuerdan nuestra propia mortalidad, y que es cuestión de tiempo hasta que ella llegue a su fin. A casi nadie le gusta pensar en esas cosas, pero nos sirve aprender de la forma como otras personas vivieron, de sus logros, sus éxitos y sus pesares. Los obituarios también nos permiten sentir lo que sienten los seres queridos que quedan atrás —su angustia, pero también su dicha al recordar una vida bien vivida, todo lo cual nos puede ayudar a vivir con más propósito.

Cuando leemos sobre la vida de otra persona, no podemos menos que pensar en la nuestra. ¿Qué se dirá de nosotros al rendírsenos el tributo final? ¿Cuáles relaciones y qué experiencias tendrán más valor? ¿Cómo queremos que se nos recuerde?

Algunas personas llaman a esto tener el fin presente. Lo cierto es que si uno sabe cómo quiere terminar, su vida diaria tendrá mayor propósito y significado. ¿Cómo podemos vivir un poco mejor hoy? ¿Cómo podemos influir más en la vida de otras personas? ¿Cómo podemos producir más luz y más gozo en el mundo? Estas y otras preguntas similares nos dan la oportunidad de, en cierto sentido, escribir nuestro obituario por adelantado. Entonces, cuando alguien lo lea algún día, tal vez se nos recordará con afecto e inspirará a otras personas a vivir una vida mejor.

Fuente: Música y Palabras de Inspiración (Music and the Spoken Word)

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Fuente: http://www.noticiasmormonas.org.pe/articulo/tener-el-fin-presente