Ben-Hur

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    Aunque la novela de Ben-Hur es solo una magnífica ficción de Lewis Wallace, tal vez deberías saber que sí existió un personaje del mismo nombre mencionado por la Biblia.


    Seguramente has escuchado hablar de la novela de Lewis Wallace llamada Ben-Hur, en la que el autor narra las aventuras de un príncipe judío desde su desventurada infancia hasta su conversión al cristianismo. Esta novela tuvo un impacto histórico tal que no puede ignorarse, así que la mencionaremos brevemente. Pero el propósito de este artículo no es centrarnos en la novela, propiamente, que es una obra de ficción, sino darte a conocer la existencia de un personaje real del mismo nombre mencionado por las Escrituras. Si estás listo, hablemos de la novela para luego describir al Ben-Hur de la Biblia.

    Ben-Hur, la novela de Lewis Wallace

    La novela de Ben-Hur se publicó en 1880 con el título “Ben-Hur: Una historia de Cristo”. Narra la conversión de un príncipe judío al cristianismo, después de pasar por una serie de desventuras y peripecias en las que primero acumula resentimientos para después liberarse de ellos. Uno de los atractivos que han rodeado esta novela es que se correlaciona con la conversión de su propio autor. La novela tuvo un éxito inmediato desde el momento mismo de su publicación y ganó fama mundial (¡vendió más que la Cabaña del Tío Tom!). Más importante aún, abrió la puerta para que otras obras cristianas de ficción fueran también reconocidas, pues antes eran vistas con cierto recelo. Por eso, esta novela ha sido considerada como la obra de ficción cristiana más influyente del siglo XIX.

    Ben-Hur, la película 

    La película de Ben-Hur

    Importante como fue, pues, la novela, no es de extrañar que llegara al cine con impresionante rapidez. La novela de Lewis Wallace fue escrita en 1880, a finales del siglo XIX, y menos de treinta años después, en 1907, ya se representaba en una película en la que no se oyó que nadie hablara, porque era cine mudo. Este cortometraje tuvo también su importancia debido al error que cometieron los productores de realizar una película sin haber adquirido derechos de autor. Suponían que, como Lewis Wallace había fallecido dos años antes nadie se molestaría. Pero la familia de Lewis Wallace sí se molestó, les dieron a los cineastas una zarandeada legal y sentaron un precedente.  Desde entonces no puedes hacer una película sin permiso del tenedor de los derechos de autor. Bravo por los Wallace. 

    En 1925 se hizo una segunda versión, todavía muda, de Ben-Hur. Esta película se considera un tesoro cultural, pero no es muy conocida. La que seguramente conoces es la película Ben-Hur de 1959, que fue protagonizada por Charlton Heston y que se llevó once premios de la Academia. Las cadenas de televisión se han asegurado que conozcas esta versión porque es algo así como una transmisión obligada a ver en semana santa.

    Tal vez no sepas que apenas en 2016 se hizo otra película de Ben-Hur, con actores de la talla de Morgan Freeman y parcialmente grabada en Roma. 

    El verdadero Ben-Hur, según la Biblia

    Ahora bien, aunque el personaje de Judá Ben-Hur es totalmente ficticio, la Biblia nos da información sobre otro Ben-Hur, uno que sí existió. Se le menciona en un sólo versículo de la Biblia, de paso y de prisa. Pero era un personaje importante.

    Verás, la cita está en 1 Reyes 4. Como hemos visto al estudiar la estructura general del libro de 1 Reyes, los primeros capítulos están dedicados a describir el reinado del rey Salomón. En 1 Reyes 4, los primeros seis versículos enumeran a los oficiales que componían su corte o gabinete. Luego, a partir del versículo 7, se listan también los gobernadores, y el primero en ser mencionado es, precisamente Ben-Hur.

      El Ben-Hur de la Biblia, gobernador bajo Salomón

    Y estos son los nombres de ellos: el hijo de Hur, en los montes de Efraín

    1 Reyes 4:8

    Ahora tal vez tú me digas que allí no dice Ben-Hur, sino “el hijo de Hur”. Pero resulta que es exactamente lo mismo. La palabra “Ben”, en hebreo, es, precisamente “hijo de”. Como en Benjamín, que es el “hijo de la mano derecha”. Algunas traducciones de la Biblia han puesto allí Ben-Hur, mientras que nuestra querida Reina Valera puso “el hijo de Hur”. La traducción es correcta. 

    A decir verdad, es poco lo que podemos extraer de una descripción tan corta, pero es lo siguiente: Salomón tenía su reino dividido en doce distritos, tal vez correspondientes a las doce tribus de Israel. Yo Ben-Hur de verdad era um gobernador del primer distrito, ubicado en el territorio correspondiente a la tribu de Efraín y, junto con los demás, estaba sujeto a impuestos y proveía los insumos para el mantenimiento del reino.

    Es interesante también el orden en que se le menciona, porque es el primero. Sí se puede hacer una equivalencia con las tribus, entonces la tribu de Efraín era considerada la primera en el reino. 

    Conclusión

    Un principio que podemos derivar de todo esto es el aprendizaje de lo que es auténtico y verdadero. Aún cuando Ben-Hur sea una novela digna de ser leída, o vista en película, tendremos que estar conscientes de que es una fantasía y que la mayoría de los hechos retratados allí son falsos. Esta novela, en particular, ha tenido su valor histórico por ser la primera en ser aprobada por el Vaticano y que abrió la puerta para la aceptación de otras obras de ficción cristiana. Y cuando consideramos su historia nos estremece y nos emociona, pero no es la verdad. La difusión que se ha dado a estas obras de ficción ha constituido, sin embargo, la escuela de las masas.

    De vez en cuando se dan valiosas coincidencias. Tesoros y hallazgos, como este de 1 Reyes 4:8, que nos permiten apreciar diferentes aspectos de la realidad y que nos ayudan a entender mejor el resto de las Escrituras. Hoy aprendimos algo sobre la conformación del reino de Salomón y otro día, cuando leamos sobre las acciones de este rey, tendremos un contexto que nos permitirá apreciar mejor las repercusiones. 

    Ahora tenemos la novela de Lewis Wallace, extensa, con ocho partes sumamente elaboradas, que nos proveen de una ilusión deliciosa, y tenemos este tipo de pequeños versículos que nos permiten vislumbrar la realidad. Es preciso valorar de igual manera los pequeños tesoros, casi siempre menos espectaculares pero que, por breves, nos permiten aprender más rápidamente. Como dice un proverbio en mi país, debe haber “un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar”.