Un hijo, en circunstancias molestas, gozosamente obedeció a su padre

Sir Henry Havelock estudió leyes; pero abandonó el ejercicio de ellas para entregarse al de las armas poco después de la batalla de Waterloo, y llegó a ser un prominente militar al servicio de su patria, Inglaterra, para la cual ganó muchas victorias bélicas en Persia y en la India.

Durante una de sus estancias en Londres, por invitación de él, que entonces era un coronel, lo visitó un caballero. En el curso de la conversación la señora de Havelock repentinamente se volvió hacia éste mismo y le preguntó: “¿Dónde está Enrique?” —refiriéndose al hijo de ambos, a quien ella no había visto en toda la tarde. El coronel se puso en pie, y repuso: “¡Ah, pobre muchacho! Está en el puente de Londres … y con este frío que está haciendo. Le dije que me esperara hoy a las doce en ese lugar, y con tantos asuntos que he tenido que atender, olvidé la cita.” El momento en que decía esto el coronel Havelock eran las siete de la noche; se levantó inmediatamente, ordenó que llamaran un carruaje, y al salir para libertar a su hijo de esa molesta espera en el puente de Londres, para excusarse ante el caballero visitante se volvió hacia él y le dijo: “Como usted ve, señor, esta es la disciplina de la familia de un soldado.” Después de una hora el coronel regresó con el pobre Enrique, quien parecía haber pasado por la experiencia de esa tarde con muy buen humor.—N. Stand. Encyc.

Sin foto

Alfredo Lerin


Autor independiente evangélico
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