• Murieron atormentados; y sus tormentos fueron amargados por el insulto y el escarnio. Algunos fueron clavados en unas cruces; otros, cubiertos con las pieles de animales feroces y entregados a la furia de los perros; otros, untados con materias combustibles, fueron usados como antorchas para iluminar las tinieblas de la noche. Los jardines de Nerón fueron destinados para este espectáculo que fue acompañado con una carrera de caballos y honrado con la presencia del emperador, quien se había mezclado con el populacho con el vestido y la actitud de un humilde joyero.

  • Como los judíos comían de un plato común, sin cuchillos ni tenedores, era necesario que sus manos estuvieran completamente limpias para comer. El deber de lavárselas con anticipación en agua pura era considerado como asunto de obligación religiosa, y regulado por severas leyes rituales. Como no usaban zapatos sino sandalias cuando caminaban, al llegar a una casa los criados lavaban los pies de los caminantes. Algunas veces, como demostración de mucho respeto, el mismo dueño de la casa hacía esta operación. En días de fiesta los pies eran, además de lavados, ungidos. Pero “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).— Autor desconocido.

  • A un colportor bíblico lo asaltaron a mano armada en un bosque en el corazón de Sicilia. Se le ordenó encender fuego y quemar los libros que llevaba. Cuando tuvo encendido el fuego pidió permiso para leer una porción de cada libro antes de quemarlo. De uno leyó el Salmo 23. —Este es un buen libro; no lo quememos. Dámelo a mí —dijo el ladrón. De otro leyó el capítulo 13 de 1 Corintios, el capítulo del amor. —Esto es bueno; dámelo. No lo quememos —dijo nuevamente el ladrón. De otro leyó una parte del Sermón del Monte, de otro la parábola de El Buen Samaritano, y de otro la parábola del Hijo Pródigo; en cada caso con igual resultado. Por fin no quedó por leer algo de ningún libro y ninguno había sido quemado. El colportor pudo continuar su viaje; pero sin sus libros. Años más tarde se encontró con el ladrón otra vez, pero ahora convertido en un ministro ordenado. Los libros habían hecho la transformación. La cosecha de la Biblia es la cosecha de vidas cambiadas en todas partes del mundo.—World Crusades.

  • Una vez fui a almorzar en casa de un campesino, que me había invitado a comer con su familia. Era un hombre trabajador y honrado, pero no se fijaba en lo malo que es elogiar acciones feas en la presencia de los niños. Mientras comíamos y conversábamos, surgió el tema político, y hablamos de la mala administración que soportábamos entonces. Todos sabíamos que se robaba descaradamente en los distintos departamentos del gobierno. El dueño de la casa alegó que eso no tenía nada de particular. ¡Que si él llegara a ser algún día jefe de un departamento de la administración pública, robaría todo el dinero que le fuere posible coger! No me pareció bien que aquel hombre se expresara así, en presencia de sus hijos. Algún tiempo después ese señor falleció. Pasaron los años, y uno de los hijos de aquel hombre dejó el trabajo de siembra de cañas, a que estaba dedicado, y se puso a comprar gallinas y pollos entre los campesinos y venderlos en el pueblo. Este comerciante de pollos, notando lo poco que le dejaba su negocio, exigió una cantidad de dinero a un colono rico. Este comunicó a la guardia rural, la exigencia del “pollero”. Los guardias, en combinación con el colono, pusieron una emboscada al joven “pollero”, quien cayó en la trampa, y como hizo resistencia a la fuerza pública murió acribillado a balazos. El padre de ese infeliz joven, nunca llegó a robar; pero, sus conversaciones imprudentes condujeron al hijo al abismo del crimen.—A. Pereira Alves.

  • Traigo, Señor, ante tus pies mi hijo para que tú lo mires con amor. ¡Misericordia: para su inocencia; para su frágil vida: compasión! Su porvenir observo con zozobra: La tierra gime bajo gran dolor. Aparta tú el mal de su camino y disfrute tu eterna protección. Tu bendición me alcance para hacerlo de tus leyes morales, expresión. Que yo en mi hora de morir lo sepa del mundo y de la vida vencedor. —Margarita C. de Comba.

  • Horacio Bushnell, teólogo evangélico congregacional que vivió de 1802 a 1876, hizo una interesante lista de excusas de aquellos que no quieren dar para la obra misional. Helas aquí. Los que creen que el mundo no está perdido y, por tanto, no necesitan al Salvador, Cristo Jesús. Los que creen que Jesucristo cometió un error cuando dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” Los que creen que el evangelio no es “poder de Dios” y que no puede salvar a los paganos. Los que creen que cada hombre debe entendérselas consigo mismo, y que están prontos a contestar como Caín: “¿Soy guarda de mi hermano?” Los que creen que no tienen que dar cuenta a Dios del dinero que Dios mismo les ha confiado. Los que ya están preparados para responder a la sentencia final: “en cuanto no lo hicisteis a uno de estos pequeñitos, ni a mí lo hicisteis”—que Jesús les dará.— Autor desconocido.

  • La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y derribó sus alfolíes y los edificó mejores, y allí juntó todos sus frutos. Y había mendigos a la puerta de él deseando hartarse de las migajas que caían de su mesa, mas nadie se las daba. Y el rico subía todos los días al templo a orar. Y junto a él iba siempre su hijito Samuel. Y de pie oraba el rico, de esta manera: Señor, te doy gracias que no soy como los otros hombres. Señor, te doy gracias por mi trigo, y por mi maíz y por mis alfolíes. Señor, ¡ayuda a los mendigos, a los hambrientos, a los pobres que no tienen las bendiciones materiales que tengo yo! Y mientras oraba, lloraba. Y aconteció un día, que el pequeño Samuel, después de la visita al templo llegó hasta su padre y le dijo: Padre, hoy como ayer, he escuchado tu oración. ¡Cómo quisiera tener algunos de tus depósitos de trigo! Y el padre le dijo: Todas mis cosas son tuyas. ¿Qué harías con el trigo si lo tuvieras? Y respondió el hijo: ¡Yo contestaría tus oraciones!— Alejandro Clifford.

  • Una mañana muy fría, en Corea, unos soldados se alinearon cerca de un camión-cocina para recibir su almuerzo. El corresponsal de un periódico se quedó mirando a un soldado barbón, cubierto de lodo y muy cansado. Después de un momento de estar mirando al soldado, el corresponsal le dijo: “Si yo pudiera lograr que Dios le diera a usted lo que más desea, ¿qué le pediría?” El soldado permaneció en silencio por unos instantes mientras la esperanza renacía en su corazón, y después respondió lentamente: “Le pediría que me diera el día de mañana.”— Aquel soldado tenía la esperanza de un día más.—A. H. Stainback.

  • Durante el tiempo que Noé edificaba el arca, se encontraba en una pequeña minoría — pero Noé triunfó. Cuando José fue vendido por sus hermanos y llevado a Egipto, se encontraba en una pequeña minoría — pero José triunfó. Cuando Gedeón y sus 300 adeptos, con sus cántaros y sus teas encendidas pusieron en fuga a los madianitas, eran una minoría insignificante — pero triunfaron. Cuando Elías oró y descendió fuego del cielo y avergonzó a los profetas de Baal, Elías estaba en una minoría notable — pero triunfó. Cuando David salió a pelear contra el gigante Goliat, era un pequeño menor al lado del decidido gigante — pero triunfó. Cuando nuestro Señor Jesucristo fue clavado en la cruz por los soldados romanos, él era una conspicua minoría —pero triunfó.

  • Iba hoy en el ómnibus y vi a una joven hermosa de cabellos de oro. La envidié, me pareció tan feliz, y deseé ser tan preciosa como ella. De pronto se levantó de su asiento para bajar. Y entonces, cuando iba por el pasillo, vi que tenía unos duros aparatos de acero. Era una víctima de la poliomielitis. Pero al pasar junto a mí, sonrió. ¡Oh, Dios, perdóname que me haya quejado! Tengo útiles mis dos pies. El mundo es mío. Me detuve a comprar unos dulces. El muchacho que vendía tenía cierto atractivo. Me puse a conversar con él. Y me dijo: —Qué gusto da conversar con personas como usted. Yo soy ciego. ¡Oh, Dios, perdóname mis quejas! Tengo mis dos ojos. El mundo es mío. Caminando por la calle vi a un niño de hermosos ojos azules. Miraba a los otros jugar. Parecía que no sabía qué hacer. Me detuve junto a él y le dije: —¿Por qué no vas a jugar con los otros, hijito? Siguió mirando el juego sin contestar palabras, y entonces me di cuenta de que era sordo. ¡Oh, Dios, perdóname de que me haya quejado! Tengo mis dos oídos. El mundo es mío. Con pies que me llevan a donde yo quiero, con ojos para ver la gloria del crepúsculo, con oídos para oir lo que deseo saber. ¡Oh, Dios, perdóname si aún me quejo. Tú me has enriquecido. El mundo es mío.—Autor desconocido.

  • Sofronio, virtuoso ciudadano romano, tenía una hija muy hermosa, llamada Eulalia, y ésta le pidió permiso para visitar a la mundana Lucina. —No puedo permitírtelo —dijo el padre. —¿Me crees demasiado débil? —replicó la hija indignada. Sofronio cogió un carbón apagado y pidió a su hija que lo tomara en la mano, pero ésta vacilaba en hacerlo. —Cógelo, hija mía, no te quemarás. Obedeció Eulalia, y la blancura de su mano se vio inmediatamente manchada. —Padre, hay que tener cuidado para manejar carbones —dijo de mal humor. —Es verdad —dijo el padre solemnemente —porque aunque no queman, tiznan. Y lo mismo ocurre con las malas compañias y conversaciones. — Autor desconocido.

  • Un jovencito fue a ver a su papá y presentándose ante él con mucha serenidad, le dice: —Papá, ¿es Satanás más grande que yo? —Sí, hijo mío —dijo el papá. —¿Es más grande que tú, papá? —Sí, hijo mío, es más grande que yo. El niño estaba muy sorprendido; pero pensó otra vez, y dijo: —¿Es más grande que Jesús? —No, hijo mío —contestó el papá—, Jesús es más grande que él. El pequeñuelo al separarse dijo sonriendo: —Entonces no le tengo miedo.

  • Una profesora comunista, en Alemania Oriental, en cierta ocasión dijo a su clase de niños: “Pónganse en pie, y digan: ‘¡No hay Dios!’ ” Una niñita de ocho años de edad, que pertenecía a un hogar cristiano, se negó a obedecer esa orden. Aunque fue amenazada, no pronunció tales palabras. Entonces la maestra, enojada, le dijo: “Vete a tu casa y escribe cincuenta veces ‘¡No hay Dios!’, y mañana me entregas esta tarea.” Por la noche, en su hogar, se sentó y escribió cincuenta veces “¡Sí hay Dios!”. Al día siguiente la niña entregó lo que había escrito a su maestra. Esta se enojó otra vez, y dijo a la niña: “Cuando vayas a tu hogar vas a escribir quinientas veces ‘¡No hay Dios!’, o algo te va a suceder.” Ese “algo” significaba la muerte. El día siguiente la niña y su padre fueron a ver al director de la escuela y le dijeron lo que estaba sucediendo. Entonces el director dijo a la niña: “No te preocupes. Tu maestra murió anoche víctima de un accidente de motocicleta. Todo eso ya se acabó. Vuelve a tu salón de clases.”—Bib. Exp. Illum.

  • —Hijo mío —dijo el jefe árabe—, ve corriendo al manantial y tráeme una cesta de agua. El niño fue corriendo y llenó la cesta; pero antes que pudiera emprender el regreso a la tienda, toda el agua se había escapado. Entonces dijo a su padre: —Aunque un gran número de veces he llenado la cesta de agua, toda se sale pronto. Entonces el padre tomó la cesta y dijo: —Lo que dices, hijo mío, es la verdad. El agua no se ha quedado; pero mira cuán limpia está la cesta. Así será con tu corazón: no podrás recordar todos los preceptos que has oído, pero procura siempre atesorarlos y harán tu corazón puro y apto para usos celestiales.

  • Conocí a un comerciante cristiano que solía ser visitado por un corredor que le vendía, en el mostrador, los artículos que llevaba. Este comerciante tuvo cierto día este soliloquio: “He tratado con este corredor por espacio de nueve o diez años y apenas ha pasado un día sin que nos veamos. El me ha traído su mercadería y yo le he pagado su importe; pero nunca he procurado hacerle algún bien. Este proceder no es correcto. La Providencia lo ha puesto en mi camino y yo debo, por lo menos, preguntarle si es salvo por Cristo.” Ahora bien, la próxima vez que vino ese corredor, el espíritu de este buen hermano decayó y no creyó oportuno empezar una conversación religiosa. El corredor no volvió más: el próximo lote de mercaderías lo llevó su hijo. —¡Qué pasó! —le dijo el comerciante. —Papá ha muerto —le respondió el muchacho. Ese comerciante, muy amigo mío, me dijo poco después: “Nunca pude perdonarme a mí mismo. Ese día no pude quedarme en el negocio: sentí que era responsable de la sangre de aquel hombre. No había pensado en eso antes. ¿Cómo puedo librarme de esa culpa cuando pienso que mi necia timidez me cerró la boca?” Queridos amigos: No traigáis sobre vosotros tan terrible remordimiento. Evitadlo desvelándoos diariamente por salvar a los hombres de la muerte segunda.—C. H. Spurgeon.

  • Hallándose Jesús hambriento y físicamente débil, el tentador se presentó con la insidiosa sugestión de que empleara sus facultades extraordinarias para proveerse de alimento. Satanás había elegido el momento más propicio para sus fines inicuos. ¿Qué no hará el ser mortal, qué no han hecho los hombres para aplacar los tormentos del hambre? Esaú vendió su primogenitura por una comida. Los hombres han combatido como bestias salvajes por los alimentos. Las mujeres han llegado al extremo de matar y devorar a sus propios hijos, más bien que soportar los dolores del hambre. Satanás sabía todo esto cuando se presentó delante del Cristo en el momento de su extrema necesidad física, y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, dí que estas piedras se conviertan en pan.” Durante las largas semanas de su reclusión, nuestro Señor se había sustentado con esa exaltación de espíritu que naturalmente habría estado presente en una concentración tan completa de la mente como la que indudablemente resultó de su extensa meditación y comunión con los cielos. En esta devoción tan profunda del espíritu, los apetitos corporales fueron dominados y reemplazados; pero era inevitable que la carne reaccionara.

  • Cristo gradualmente se fue enterando de que El era el escogido y preordinado Mesías. Como lo manifiestan sus palabras dirigidas a su madre en la ocasión de la memorable entrevista con los doctores en el patio del templo, sabía, cuando apenas era un jovencito de doce años, que en cierto sentido particular y personal, El era el Hijo de Dios; y sin embargo, es evidente que la comprensión del propósito completo de su misión terrenal sólo se desarrolló en El al grado en que, paso por paso, aumentaba en sabiduría. La declaración confirmante del Padre, junto con el compañerismo continuo del Espíritu Santo, revelaron a su alma el glorioso hecho de su divinidad. Tenía mucho en qué pensar, mucho que solamente por medio de la oración podía obtener. Durante el período de esta soledad no comió, antes prefirió ayunar, a fin de que su cuerpo físico quedara más completamente sujeto a su espíritu divino.

  • Las narraciones escritas se refieren principalmente a los acontecimientos que señalan la conclusión del período de cuarenta días, pero cuando lo consideramos en su totalidad, se establece sin ninguna duda que fue un tiempo de ayuno y oración.

  • Jesús mismo debe haber relatado las circunstancias consiguientes a esta época de destierro y pruebas, pues no hubo ningún otro testigo humano.

  • En tres de los Evangelios se describe este notable episodio de la vida de nuestro Señor, aunque no con la misma amplitud. Juan calla sobre el asunto.

  • Al poco tiempo de su bautismo, como lo declara S. Marcos, Jesús se sintió impelido por las impresiones del Espíritu a retirarse de los hombres y las distracciones de la vida comunal, y apartarse al desierto a fin de poder estar libre para comunicarse con su Dios. Tan potente era la influencia de esta fuerza, que fue impulsado, como lo declara el evangelista, a una reclusión solitaria en la cual permaneció durante cuarenta días “con las fieras” del desierto.

  • Unicamente dos de los escritores evangélicos detallan las tentaciones que Cristo tuvo que resistir inmediatamente después de su bautismo. Marcos solamente menciona el hecho de que Jesús fue tentado. Mateo y Lucas ponen en primer lugar la tentación de que Jesús se alimentase a sí mismo, proveyéndose milagrosamente de pan; el orden de las siguientes pruebas no es el mismo en las dos narraciones.

  • A todas las personas que llegan a la edad de responsabilidad es exigido el bautismo. No se exime a nadie. Jesucristo, que vivió como varón sin pecado en medio de un mundo pecaminoso, se bautizó “para cumplir con toda justicia”. Seis siglos antes que esto aconteciera, mientras profetizaba al pueblo del continente occidental, Nefi predijo el bautismo del Salvador, y con ello mostró la necesidad del bautismo como requisito universal: “Y si el Cordero de Dios, que es santo, tiene necesidad de ser bautizado en el agua para cumplir con toda justicia, ¿cuánto mayor, entonces, la necesidad que tenemos nosotros, siendo pecadores, de ser bautizados en el agua? … ¿Acaso no sabéis que era santo? Mas no obstante su santidad, él muestra a los hijos de los hombres que, según la carne, se humilla ante el Padre, testificándole que le sería obediente en la observancia de sus mandamientos.” (2 Nefi 31:5, 7). —Véase Artículos de Fe, cap. 6, pgs. 142-149.

  • “Viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado” (Lucas 3:16), o “cuyo calzado yo no soy digno de llevar” (Mateo 3:11). Así fue como el Bautista declaró su inferioridad respecto del Ser más poderoso que habría de sucederlo y reemplazarlo; y sería difícil imaginar una ilustración más eficaz. Desatar la correa del zapato o de las sandalias, o llevar el calzado de otra persona “era una tarea servil que indicaba mucha inferioridad por parte de la persona que la efectuaba”. (Dictionary of the Bible, por Smith) Uno de los pasajes del Talmud requiere que un discípulo haga por su maestro todo cuanto un siervo tenga que hacer por su amo, con excepción de desatar la correa de sus sandalias. Algunos maestros insistían en que el discípulo manifestara su humildad al extremo de llevar los zapatos de su maestro. Impresiona la humildad del Bautista, en vista del interés general que despertó su predicación.

  • Por boca del profeta Zacarías (Zacarías 13:4) se predijo el tiempo en que los que afirmaran ser profetas nunca más se vestirían de “manto velloso para mentir”. En lo que respecta al vestido de pelos de camello que llevaba puesto Juan el Bautista, la Versión de Oxford y otras notas marginales consideran que la expresión “un vestido velloso” es más literal que el texto bíblico. Deems, autor de Light of the Nations, dice en la Nota de la página 74: “El vestido de pelos de camellos no era la piel del camello con pelo, la cual sería demasiado pesada para llevar puesta; era, más bien, una ropa tejida del pelo del camello, como a la que se refiere Josefo.”

  • Los acontecimientos que acompañaron la emergencia de Jesús del sepulcro bautismal demuestran la individualidad distinta de los tres Personajes de la Trinidad. En esa ocasión solemne Jesús el Hijo se encontraba allí en la carne; la presencia del Espíritu Santo se manifestó por medio de la señal acompañante de la paloma, y la voz del Padre Eterno se oyó desde los cielos. Si no tuviéramos ninguna otra evidencia de la personalidad separada de cada uno de los miembros de la Santa Trinidad, este acontecimiento sería conclusivo; pero hay otros pasajes de las Escrituras que confirman esta gran verdad.

  • Según Mateo, la afirmación del Padre se da en tercera persona: “Este es mi Hijo amado”; mientras que Marcos, así como Lucas, lo expresan en forma más directa: “Tú eres mi Hijo amado.” Esta variación, pequeña y esencialmente sin importancia, aun cuando se refiere a un asunto de tanta gravedad, nos proporciona evidencia de que los escritores actuaron independientemente y desacredita toda suposición o sospecha de que los autores se confabularon entre sí.

  • Refiriéndose al descenso del Espíritu Santo sobre Jesús al tiempo de bautizarse, los cuatro evangelistas hablan como si hubiera sido acompañado de una manifestación visible “como paloma”; y esta señal se le había indicado a Juan como el medio predeterminado por el cual le sería revelado el Mesías. A esta señal, previamente especificada, se añadió entonces el testimonio supremo del Padre concerniente a la divinidad literal de su Hijo Jesús.

  • Así fue como Jesucristo humildemente obedeció la voluntad del Padre y recibió de Juan el bautismo por inmersión en el agua. Lo que aconteció en seguida testifica que su bautismo fue aceptado como un acto de sumisión agradable y necesario: “Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” Entonces Juan conoció a su Redentor.

  • Al expresar Juan su convicción de que Jesús no necesitaba la purificación bautismal, nuestro Señor, consciente de su propia impecabilidad, no negó la calificación del Bautista, pero a la vez reiteró su solicitud de ser bautizado, con esta explicación significativa: “Así conviene que cumplamos toda justicia.” Si a Juan le fue posible entender el significado más profundo de esta declaración, debe haber descubierto en ella la verdad de que el bautismo de agua no sólo es el medio instituido para obtener la remisión de los pecados, sino también una ordenanza indispensable, establecida en justicia y exigida a todo el género humano como condición esencial para ser miembro del reino de Dios.

  • Juan y Jesús eran primos segundos; y al respecto de que si había habido asociación íntima entre los dos en su juventud o al llegar a ser mayores de edad, nada nos es dicho. Sin embargo, cierto es que cuando Jesús se presentó para ser bautizado, Juan reconoció en El a un hombre sin pecado que no tenía necesidad de arrepentimiento; y en vista de que el Bautista había sido comisionado para bautizar a fin de que hubiera remisión de pecados, no vio ninguna necesidad de administrar la ordenanza a Jesús. Aquel que había oído las confesiones de multitudes ahora reverentemente confesaba a Uno que reconocía ser más justo que él. En vista de lo que aconteció posteriormente, parece que Juan no sabía que Jesús era el Cristo, el “más poderoso que yo” que él esperaba, y cuyo precursor sabía que era.

  • De esta manera fue como el heraldo predicho del Señor comunicó su mensaje. No procuró exaltarse a sí mismo; sin embargo, su oficio era sagrado para él y no toleró que intervinieran en sus funciones ni los sacerdotes, levitas o rabinos. No hizo acepción de personas; condenó el pecado e increpó a los pecadores sin reparar en su indumentaria, bien fueran atavíos sacerdotales, ropa del campo o túnicas reales. Más tarde, el testimonio particular de Cristo confirmó y defendió todo lo que el Bautista había dicho con respecto a su persona y su misión. Juan fue el precursor no sólo del reino, sino del Rey; y a él vino el Rey en persona.

  • Para los judíos, que vivían en un estado de expectación, esperando el por tan largo tiempo predicho Mesías, las palabras de este extraño profeta del desierto fueron de profunda trascendencia. ¿Sería él el Cristo? Hablaba de uno que todavía estaba por venir, más poderoso que él, la correa de cuyos zapatos él no se juzgaba digno de desatar, uno que separaría al pueblo en la misma manera que el trillador, bieldo en mano, separa la paja del trigo; y añadió que Aquél “recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará”.

  • Su predicación fue positiva, y en muchos aspectos censuró las costumbres de la época. No atrajo a la gente por medio de manifestaciones milagrosas; y aun cuando muchos de sus oyentes se adhirieron a él con carácter de discípulos, no estableció ninguna organización formal, ni intentó fundar ningún culto. Su proclamación de arrepentimiento fue un llamado personal, pues a cada solicitante aceptable se le administraba individualmente el rito del bautismo.

  • Predicó lo que en la dispensación actual llamamos los primeros principios fundamentales del evangelio, es decir, el “principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”, incluso la fe, que es una creencia viva en Dios; el arrepentimiento genuino, que comprende la contrición causada por ofensas pasadas y la determinación resuelta de apartarse del pecado; el bautismo por inmersión en el agua, bajo sus manos, por ser el quien poseía la autoridad; y el bautismo más elevado de fuego o el don del Espíritu Santo, por conducto de una autoridad mayor que la que él poseía.

  • Pese a su vehemencia, y no obstante sus duros reproches de las costumbres degeneradas de la época, Juan nunca agitó al pueblo contra las instituciones establecidas: nunca incitó a motines, propuso revueltas o fomentó rebeliones. No reprobó el sistema de impuestos, sino las extorsiones de los corruptos y avarientos publicanos; no denunció el ejército, sino las iniquidades de los soldados, muchos de los cuales habían aprovechado su posición para dar testimonio falso a fin de beneficiarse y enriquecerse tomando para sí las cosas por la fuerza.

  • La substancia de sus preceptos fue la de una religión práctica; la única religión que puede tener valor alguno: la religión de la vida recta.

  • La gente quedó asombrada; y muchos de ellos, viéndose en su verdadera situación de desobediencia y pecado cuando Juan, en términos vigorosos denunció sus faltas, clamaron: “Entonces ¿qué haremos?” La respuesta de Juan impugnó el formalismo ceremonial que había sido la causa de que la espiritualidad se marchitara al grado de casi no existir en el corazón del pueblo. Les exigió una caridad abnegada: “El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene que comer, haga lo mismo”. Los publicanos o cobradores de impuestos, a causa de cuyas injustas e ilícitas demandas el pueblo había padecido por tanto tiempo, vinieron y preguntaron: “Maestro, ¿qué haremos? El les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado.” A los soldados que deseaban saber qué hacer, él respondió: “No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario.”

  • Ningún caso hizo de su tantas veces repetida presunción de ser hijos de Abraham, y les declaró: “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras.” Este menosprecio de su pretensión de merecer cierta preferencia por ser hijos de Abraham fue una reprensión severa y ofendió profundamente tanto al aristocrático saduceo como al fariseo aferrado a la ley. El judaísmo afirmaba que la posteridad de Abraham tenía un lugar seguro en el reino del Mesías esperado, y que ningún prosélito de los gentiles tenía la posibilidad de alcanzar el rango y distinción que estaba asegurado a los “hijos”. La vigorosa afirmación de Juan, de que Dios podía despertar hijos a Abraham aun de las piedras en las playas del río, significaba a quienes la oyeron, que hasta los más despreciados de la familia humana serían escogidos antes que ellos, a menos que se arrepintieran y reformaran. Había pasado el tiempo de profesar sólo con palabras; se exigían frutos, no abundancia de hojas estériles; el hacha estaba lista, ya contra la raíz del árbol, y todo árbol que no produjese buen fruto iba a ser derribado y echado al fuego.

  • «Era imposible hacer caso omiso del hombre o de su mensaje; su predicación encerraba una promesa segura al alma arrepentida y denunciaba inexorablemente al hipócrita y al pecador empedernido. Cuando los fariseos y los saduceos vinieron a su bautismo, exponiendo la ley, el espíritu de la cual no cesaban de transgredir, y citando los profetas, a quienes deshonraban, Juan los tachó de ser generación de víboras, y les preguntó: “¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?”»

  • Entonces se oyó la “Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas”. Era la voz del heraldo, el mensajero que, como habían anunciado los profetas, iría delante del Señor para aparejarle camino. La substancia de su mensaje fue: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Y a los que tenían fe en sus palabras y manifestaban arrepentimiento, confesando sus pecados, les administraba el bautismo por inmersión en el agua, explicando a la vez: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.”

  • Este hombre era Juan, hijo de Zacarías, el cual dentro de poco iba a ser conocido como el Bautista. Había pasado muchos años en el desierto, lejos de las habitaciones de los hombres, años en que estuvo preparándose para su misión particular. Había estudiado bajo la tutela de maestros divinos; y allí en los desiertos de Judea le llegó la palabra del Señor, en el mismo ambiente en que la habían recibido Moisés y Elías el Profeta en la antigüedad.

  • «Menospreció las vestiduras delicadas y los amplios mantos cómodos, y predicó en su áspera indumentaria del desierto, una túnica de pelos de camello y ceñido con una cinta de cuero. La rusticidad de su ropa era considerada significativa. Elías Tisbita, el valeroso profeta cuya morada fue el desierto, había sido conocido en su época como un “varón que tenía vestido de pelo, y ceñía sus lomos con un cinturón de cuero”; y este vestido rústico había llegado a considerarse como rasgo distintivo de los profetas. La comida de este extraño predicador tampoco era de lujo y comodidad, sino que se alimentaba con lo que el desierto le proporcionaba: langostas y miel silvestre.»

  • «EN una época que ha sido señalada definitivamente como el año quince del reinado de Tiberio César, emperador de Roma, la extraña predicación de un hombre, hasta entonces desconocido, agitó grandemente al pueblo de Judea. Era de linaje sacerdotal, pero no se había instruído en las escuelas; y sin autorización de los rabinos o licencia de los príncipes de los sacerdotes, proclamaba ser uno enviado de Dios con un mensaje para Israel. No se presentó en las sinagogas ni dentro de los patios del templo, donde enseñaban los escribas y los doctores de la ley, sino alzó la voz en el desierto. Las gentes de Jerusalén y de los pueblos rurales circunvecinos salían en grandes multitudes para escucharlo».

  • 1. No consientas malcrianzas en tus niños, porque llellegarás a entristecerte. (Prov. 10:1). 2. Dirige a tus hijos en la elección de buenos amigos. (Prov. 13:20 y 17:17). 3. Haz que reine entre ellos la alegría y la armonía. (Prov. 17:22). 4. No consientas entre ellos las malas conversaciones. (1 Cor. 15:33). 5. Si eres consentidora, llegarás a avergonzarte de tu hijo. (Prov. 29:15; Rom. 1:32.) 6. Corrige a tu hijo y te dará descanso y deleite. (Prov. 29:17). 7. No olvides que la mayor autoridad se ejerce mediante el buen ejemplo. (Tito 2:7; 2 Cor. 9:2). 8. Haz que sean diligentes desde su más temprana edad. (Prov. 12:24; 1 Tim. 4:13; Prov. 10:4, 5). 9. Instrúyele a tiempo para que sea siempre feliz. (Prov. 22:6). 10. Recuérdales que: “El temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal la inteligencia.” (Job 28:28).

  • En la ciudad de Birmingham, un policía se convirtió al cristianismo. Pero cuando desempeñaba su trabajo presenciaba tales cuadros de pecado y desgracia, que por un tiempo su esposa y él pidieron a Dios que les abriera la puerta de otro empleo. Oraron, pero no se recibió respuesta. Por fin, un día él dijo a su esposa: “Me parece que hemos cometido un error. Hemos implorado que se me conceda ceda cambiar de empleo, pero empiezo a creer que Dios me ha colocado como policía a propósito. Ahora voy a pedirle que me ayude a servir donde estoy.” Así principió su vida de magníficos servicios. Su influencia sobre los demás policías creció tanto que pronto lo nombraron director de detectives. Fue el instrumento que Dios usó para convertir a varios criminales. Dios le ha puesto a usted donde se encuentra ahora, porque sabe que allí es donde puede rendir el mejor servicio.

  • Durante la Segunda Guerra Mundial Eddie Rickenbacker y otros compañeros suyos recibieron una comisión de su gobierno, el de los Estados Unidos de la América del Norte, y para desempeñarla tuvieron que volar en aeroplano. El piloto de éste se apellidaba Whittaker. El aeroplano cayó en el Océano Pacífico: todos los hombres que iban en ese aeroplano estaban en peligro de perecer. Mientras estuvieron en sus barcas salvavidas permanecieron orando. Uno de los muchos días de su navegación sin rumbo, pues estaban perdidos, una gaviota posó en la cabeza del jefe del grupo, Rickenbacker: entonces todos creyeron que algún poder sobrehumano estaba protegiéndolos cuando estaban a punto de morir o de insolación, o de hambre, o de sed, o ahogados. Gracias a Dios todos fueron rescatados. Después de esto, el piloto Whittaker, que había sido ateo, declaró: “Yo hice el descubrimiento más grande que el hombre puede hacer: descubrí a Dios.” Este piloto llegó a ser un creyente en Dios.—Adaptación. de Illustrating the Lesson. A. H. Stainback.

  • Cierta mujer fue a ver un fotógrafo para que la retratara. La señora se había arreglado lo mejor que había podido y la fotografía salió buena. Pero el fotógrafo se dijo: “Tengo que retocar estos retratos porque si los dejo como están, esa señora no quedará contenta.” En efecto, cuando ella regresó a ver al fotógrafo para reconocer los retratos, quedó muy satisfecha: creyó que era más bonita de lo que en realidad era. Primero se engañó a sí misma; después se dejó engañar por el fotógrafo. Así son los hombres con respecto a su retrato moral y espiritual: les place la adulación, la lisonja, y se dejan engañar con gusto. Dios en su Palabra dice que están destituidos de su gloria por la horrenda fealdad del pecado, y los insta a buscar la salvación de sus almas.

  • Un caballero estaba atravesando las calles obscuras de cierta ciudad, y vio que se le acercaba un hombre con un farol encendido en la mano. Cuando se acercó bastante, el caballero vio, por la luz de la linterna que ese hombre llevaba, que éste tenía los ojos cerrados. Pensativo, siguió adelante el caballero, mas sorprendido, se dijo: “Me parece que ese hombre está ciego.” Entonces regresó, alcanzó al ciego, y le dijo: —Amigo, ¿es usted ciego? —Sí, señor —contestó el interpelado. —Entonces, ¿para que lleva usted esa luz? —Para que la gente no tropiece conmigo, señor. De este ciego podemos aprender que es necesario hacer brillar nuestras luces para que evitemos que otros tropiecen a causa de nuestra ceguera espiritual.

  • Parece que los antiguos hacían algo más para excitar el valor de los soldados, que meramente exhortarlos a que fueran valientes. Esto se manifiesta claramente en esta cita: “Una circunstancia que grandemente tiende a inflamar en ellos el valor heroico, es la manera en que se forman sus batallones. Nunca se juntan o se incorporan por casualidad; pelean por tribus, unidas por consanguinidad, formando una familia de guerreros: las personas más amadas están muy cerca de ellos en el campo. En el fragor de la batalla oye el soldado los gritos de su esposa y de sus hijos. Ellos son los amados testigos de sus hazañas y los que aplauden su valor, comprendiéndolo y apreciándolo al instante. Los heridos buscan a su madre y a su esposa; sin desmayar ante el aspecto que presentan éstos, las mujeres cuentan las heridas de honor, limpian la sangre y tienen el suficiente valor para mezclarse con los combatientes y exhortar a los suyos a que realicen actos de heroísmo.”