Las razones de la enemistad entre judíos y samaritanos

Al tratarse de los samaritanos se debe tener presente que cierta ciudad, así como el distrito o provincia en que se hallaba, eran conocidos como Samaria. Geikie ha compendiado admirablemente en su obra, Life and Words of Christ (tomo I, págs. 495, 496), los hechos principales concernientes al origen de los samaritanos y la explicación de la animosidad mutua que existía entre éstos y los judíos en el tiempo de Cristo. Omitiendo las autoridades que cita, ofrecemos el siguiente extracto: “A raíz del destierro de las Diez Tribus hasta Asiria, Samaria fue repoblada por colonos paganos de las varias provincias del imperio asirio, fugitivos de las autoridades de Judea y rezagados de una u otra de las Diez Tribus que lograron volver a casa. Los primeros colonizadores paganos, llenos de terror por el aumento de animales salvajes, especialmente leones, y atribuyéndolo a su ignorancia de la forma correcta de adorar al Dios del país, enviaron por uno de los sacerdotes exilados, y bajo sus instrucciones agregaron la adoración de Jehová a la de sus ídolos. Este episodio de su historia fue el blanco del odio y burla de los judíos quienes los ridiculizaban llamándolos ‘prosélitos de los leones’ y apodándolos ‘hijos de Cut’ por motivo de su procedencia asiria. Sin embargo, éstos finalmente se adhirieron más rígidamente a la Ley de Moisés que los propios judíos. Deseosos de ser reconocidos como israelitas, pusieron su corazón en unirse con las Dos Tribus cuando éstas volvieron del cautiverio; pero el inflexible puritanismo de Esdras y Nehemías no toleró ninguna alianza entre la sangre pura de Jerusalén y la raza mezclada del norte. La enemistad que resultó de esta afrenta fue natural, y a su vez engendró tan extremado rencor, que en los días de Cristo, los siglos de contienda y prejuicios mutuos, intensificados por el odio teológico de ambas partes, los habían convertido en enemigos implacables. Los samaritanos habían edificado un templo sobre el monte de Gerizim para competir con el de Jerusalén, pero había sido destruído por Juan Hircano, el cual también había arrasado a Samaria. Atribuían a su monte una santidad mayor que la del monte Moria; acusaban a los judíos de haber aumentado a la palabra de Dios recibiendo los ritos de los profetas, y se jactaban de aceptar únicamente el Pentateuco como inspirado; favorecían a Herodes porque los judíos lo aborrecían y le protestaban su lealtad, así como a los igualmente aborrecidos romanos; habían encendido luces falsas en las colinas para trastornar el cálculo de los judíos según las lunas nuevas, y con ello sembrar la confusión en sus fiestas; y en la infancia de Jesús aun habían profanado el templo mismo esparciendo allí huesos humanos en la época de la Pascua. “Tampoco entre los judíos había estado durmiendo el odío. Conocían a los samaritanos únicamente como hijos y paganos de Cut. ‘La raza que yo aborrezco no es raza’—decía el hijo de Sirac. Se afirmaba que un pueblo que en otro tiempo había adorado a cinco dioses no tenía parte alguna en Jehová. Tornaron en irrisión la pretensión de los samaritanos de que Moisés había enterrado el Tabernáculo y sus enseres en la cumbre del monte de Gerizim. Se decía que, bajo Antíoco Epífanes, habían dedicado su templo al dios griego Júpiter. No se negaba que guardaban los mandamientos de Moisés más estrictamente que los judíos, a fin de dar la apariencia de que realmente eran de Israel, pero se afirmaba que su paganismo había sido revelado al descubrirse una paloma de bronce que adoraban en la cumbre del monte de Gerizim. Habría sido suficiente el hecho de que se jactaban de su buen rey Herodes, el cual había tomado por esposa a una de las hijas de su pueblo; que en su país no le ponían reparo a que siguiera sus gustos romanos tan aborrecidos en Judea; que habían permanecido tranquilos, después de su muerte, mientras reinaba la agitación en Judea y Galilea, y que por su sosiego les había sido remitida la cuarta parte de sus impuestos y aumentada a la carga de Judea. Su amistad con los romanos era una provocación adicional. Mientras que para tener en paz a los judíos se requería la severidad más rígida, ya que éstos luchaban con todas sus fuerzas contra la introducción de cosa alguna que fuese de origen extranjero, los samaritanos gozaban de la nueva importancia que se granjearon mediante su lealtad al imperio. Siquem florecía; cerca de allí, en Cesarea, el Gobernador presidía su tribunal; se había reclutado en territorio samaritano una división de caballería, cuyos cuarteles se hallaban en Sebaste, o sea antigua Samaria. Los extranjeros romanos eran halagados para que pasaran el verano en sus umbrosos valles. “El odio ilimitado, producto de tantas fuentes, hallaba salida en la tradición de que Esdras, Zorobabel y Josué habían proferido un anatema especial contra la gente de Samaria. Se decía que estos ilustres personajes habían reunido a la congregación entera de Israel en el templo, y que se había empleado a trescientos sacerdotes, con trescientas trompetas y trescientos libros de la Ley, y trescientos hombres versados en la Ley, para repetir, en medio de las ceremonias más solemnes, todas las maldiciones de la Ley contra los samaritanos. Habían sido objeto de toda forma de excomunión: por el incomunicable nombre de Jehová, por las Tablas de la Ley y por las sinagogas celestiales y terrenales. El nombre mismo se había convertido en escarnio. ‘Sabemos que eres samaritano, y tienes demonio’—le dijeron a Jesús los judíos de Jerusalén. … Un huevo samaritano, tal como lo ponía la gallina, era juzgado limpio, pero no así un huevo cocido. Sin embargo, el interés y la conveniencia procuraban inventar excusas para todo trato inevitable por medio de una casuística sutil. El país de los hijos de Cut era limpio, de manera que un judío podía recoger y comer sus productos sin escrúpulo. Las aguas de Samaria eran limpias, así que un judío podía beberlas o lavarse en ellas. Sus habitaciones eran limpias, por consiguiente, podía entrar en ellas y comer o alojarse allí. Sus caminos eran limpios, de modo que el polvo no profanaba los pies de un judío. A tal grado llegaban los rabinos en sus decretos contradictorios, que, según ellos, los alimentos de los hijos de Cut eran permitidos, si no habían sido condimentados con su vino o su vinagre. Y aun su pan sin levadura podía considerarse propio para usarse en la Pascua. De manera que las opiniones variaban, pero por regla general prevalecían los sentimientos más ásperos.” Frankl y otros afirman que estos sentimientos hostiles han continuado hasta el día de hoy, al menos por parte de los judíos. De modo que, como lo cita Farrar (página 166 nota): “ ‘¿No es usted judío?—le preguntó Salameh Cohen, sumo sacerdote samaritano, al doctor Frankl—y viene usted aquí a nosotros, los samaritanos, que somos despreciados de los judíos?’ (Jews in the East ii, 329) Añadió que estaban dispuestos a vivir amistosamente con los judíos, pero que éstos evitaban todo trato con ellos. Poco después, mientras visitaba a los judíos sefarditas de Nablus, el doctor Frankl preguntó a uno de la secta si tenía trato alguno con los samaritanos. Las mujeres retrocedieron con una exclamación de horror y una de ellas preguntó: ‘¿Ha estado usted entre los adoradores de palomas?’ Respondí que sí. Las mujeres nuevamente retrocedieron con la misma expresión de repugnancia, y una de ellas me dijo: ‘¡Usted necesita un baño purificante!’ ” (Ibid., página 334) El canónigo Farrar añade: “Tuve el gusto de pasar un día entre los samaritanos, congregados en el monte de Gerizim para celebrar su Pascua anual, y ni en sus hábitos ni carácter aparente pude ver causa alguna para todo este horror y odio.”

James E. Talmage

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