El mundo es mío

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    El mundo es mío

    Iba hoy en el ómnibus y vi a una joven hermosa de cabellos de oro. La envidié, me pareció tan feliz, y deseé ser tan preciosa como ella. De pronto se levantó de su asiento para bajar. Y entonces, cuando iba por el pasillo, vi que tenía unos duros aparatos de acero. Era una víctima de la poliomielitis. Pero al pasar junto a mí, sonrió.

    ¡Oh, Dios, perdóname que me haya quejado! Tengo útiles mis dos pies. El mundo es mío.

    Me detuve a comprar unos dulces. El muchacho que vendía tenía cierto atractivo. Me puse a conversar con él. Y me dijo: —Qué gusto da conversar con personas como usted. Yo soy ciego.

    ¡Oh, Dios, perdóname mis quejas! Tengo mis dos ojos. El mundo es mío.

    Caminando por la calle vi a un niño de hermosos ojos azules. Miraba a los otros jugar. Parecía que no sabía qué hacer. Me detuve junto a él y le dije: —¿Por qué no vas a jugar con los otros, hijito?

    Siguió mirando el juego sin contestar palabras, y entonces me di cuenta de que era sordo.

    ¡Oh, Dios, perdóname de que me haya quejado! Tengo mis dos oídos. El mundo es mío.

    Con pies que me llevan a donde yo quiero, con ojos para ver la gloria del crepúsculo, con oídos para oir lo que deseo saber.

    ¡Oh, Dios, perdóname si aún me quejo. Tú me has enriquecido. El mundo es mío.—Autor desconocido.

    Sin foto

    Alfredo Lerin


    Autor independiente evangélico

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